martes, 24 de julio de 2007

La Ferrería de Aranzate


FUERO DE LOS FERRONES, 1328



La de Aranzate fue una ferrería de las más importantes de Irun y la última en silenciar su martinete hacia la primera mitad del siglo XIX Una de las primeras citas que tenemos de esta ferrería se remonta a 1476 fecha en la que aparece como propietario D. Pedro de Urdanibia cuyo linaje representó a una de las familias más influyentes de Irun. Años más tarde, la explotaban ya los Aranzate, junto con el molino del mismo nombre, laborando al amparo de la contigua casa-torre. Los Aranzate, representaron un linaje de arraigo y privilegiada posición económica en la época, hoy sin embargo, es un apellido desaparecido de Irun.

Nuestra ciudad, ha supuesto siempre, un referente en la industria siderúrgica, tanto en su aspecto extractivo como en su posterior transformación. Ello le ha llevado, en ocasiones, a estar a la cabeza de los pueblos mineros y ferrones de nuestra provincia, mantuvo siempre en activo un importante número de cotos mineros algunos, incluso, de relevante importancia: Belbio, Meazuri, San Narciso, etc. En ellos hay excelentes muestras de galerías, de época romana, medieval y moderna, cuyas explotaciones han durado hasta mediado el s. XX. Se extraían, principalmente, óxidos, hidróxidos y carbonatos de hierro, así como sulfuros: Galena argentífera, (mineral de Plomo con Plata), Blenda. (mineral de Zinc) y Calcopirita (mineral de Cobre)

Diseminadas por los diferentes barrios mineros y a orillas de sus regatas, Irun siempre contó con un buen número de ferrerías en las se forjaba un excelente hierro, cuya fama estuvo sobradamente acreditada. La Villa llegó a tener, en diferentes épocas, hasta diez de estas industrias que representaban, en cierto modo, el índice de desarrollo, industrialización y comercio de un pueblo, pues incidían, directamente, en su forma de vida, ya que eran varios los gremios que de una u otra manera estaban directamente relacionados con su trabajo.

La economía dependiente de estas industrias, no solamente afectaba a los empleados propios de una ferrería, que además del maestro ferrón podía llegar a tener hasta media docena de obreros "mayores", dependiendo del tamaño de la misma, el número de martinetes y de ruedas etc. Había también otros gremios directamente relacionados con ella, como eran: los menaqueros o mineros, leñadores, carboneros y los boyeros que en último extremo se encargaban del transporte. El hierro en bruto: lingotes y barras, o bien su producto final elaborado, eran objeto de comercio con otras provincias como las castellanas, Navarra o Francia. Los herreros, también fueron un importante gremio que dependieron de las ferrerías para recibir la materia prima en forma de barras y llantas con las que luego, ellos, elaborarían en sus talleres diferentes piezas y herramientas.


Principalmente desde la Edad Media, la creciente demanda de herramientas, herrajes y otros elementos, fabricados en hierro y acero multiplicó la producción de este metal, acrecentando una nueva industria y una economía, que aportó un cierto auge al desarrollo de Irun. Un importante referente de lo que supuso en nuestra comarca la industria ferrona lo atestigua la concesión del “Fuero de las Ferrerías,” documento de capital importancia que salvaguardaba los derechos y privilegios de [ ...] arrendadores y señores de las ferrerías de Oyarzun y de Irun Eranzu (sic), [ ...] para que les fuesen guardados sus derechos y usos e costumbres]. Otorgado por el Rey Alfonso XI en Burgos, el 15 de mayo de 1328, fue la primera carta aforada que el Rey otorgaba a los ferrones guipuzcoanos.

Algunas de las más nombradas fueron las ferrerías de Urdanibia y Aranzate, cuyos restos, todavía hoy se muestran altivos. La importancia de estas industrias las hacía estar dotadas, de casa- torre en cuya fachada destacaba el escudo solariego que daba nombre al lugar, denotando la importancia y el prestigio familiar. Dichas torres eran utilizadas para la defensa de las instalaciones industriales, que además de la propia ferrería, contaban, en este caso, también con molino, así como los canales, presas y demás infraestructuras propias de la traída del agua, líquido elemento que representaba la fuerza motriz de la ferrería.

En el caso de la de Aranzate, además de mostrarnos los restos bien conservados de lo que fue esta ferrería, se aprecian parte de los canales, la antepara y los arcos don de se ubicaban las ruedas hidráulicas, también a pocos metros de ella se levanta altiva la casa-torre en la que se aprecia en un primer plano el arco dovelado de la entrada y sobre él su escudo de armas que representa el linaje de la familia Aranzate. También se aprecian diferentes elementos defensivos: como son varias aspilleras o saeteras y un matacán.

Es digno de reseñar que tanto el escudo que porta la casa-torre de la ferrería de Urnanibia, sita en Jaizubia, como el del el antiguo hospital Sancho de Urdanibia, sito en la plaza del mismo nombre son heraldicamente idénticos al de Aranzate. Ligado al escudo de Aranzate, siempre aparece el apellido Urdanibia. En cualquier caso los Aranzate y los Urdanibia, figuran entre los apellidos más antiguos de Irun, fueron propietarios de varias casa-torre, representaron algunos de los episodios épicos que se relatan en la historia de Irun y se les cita como constructores de ferrerías, molinos y casas, formando parte muy activa de la vida social e industrial de aquella época.

Las actuales ferrerías tuvieron sus orígenes en las “Haizeolak”, construcciones rudimentarias que daban forma a pequeños hornos de cuba, para la reducción del mineral en los que apenas se alcanzaban la temperatura adecuada de fundición ofreciendo una masa pastosa como resultado de la colada. Se instalaban en los bosques, de donde obtenian el carbón, y cercanas a las regatas y a los cotos mineros, su mantenimiento era totalmente manual desde los fuelles utilizados para avivar la combustión, hasta la forja de la pastosa masa de mineral reducido. Su uso se extinguió paulatinamente, en torno al S. XIII, con la definitiva implantación de la fuerza hidráulica.

Fue en los siglos XIII y XIV, cuando se introdujo el uso de la energía de los ríos por medio de la rueda hidráulica. Esta nueva tecnología con la que a través de diferentes ejes de trasmisión se accionaban los distintos elementos de las ferrerías, aliviando el esfuerzo de los ferrones y aumentando el rendimiento y calidad de sus trabajos. La utilización de la fuerza hidráulica fue una autentica revolución industrial, comparable a la que supuso, siglos más tarde, la aplicación del vapor. La ubicación de las nuevas ferrerías en las orillas de los ríos, supuso la edificación de grandes estructuras y complejas construcciones de piedra sillar, que junto con la presa y sus canales de conducción de agua, por gravedad, suponían verdaderas obras de ingeniería para la época.

La adecuada ubicación de una industria de este tipo requería, además, de unas buenas comunicaciones que facilitaran el transporte, otras tres consideraciones, necesarias, a tener en cuenta, como son: estar cercanas a los cotos mineros que proporcionaban la materia prima a fundir, cerca de los bosques en los que se producía el carbón vegetal necesario para la combustión, así como de los ríos de los cuales se aprovechaba el caudal de agua como fuerza motoriz.

La corriente de agua se obtenía de uno o varios ríos, siendo conducida por canales, que la hacían llegar hasta una pequeña presa a través de la cual se regulaba el fluido del agua que se precipitaba desde lo más alto de la antepara sobre la rueda hidráulica. Esta rueda, estaba provista en toda su circunferencia de unas palas contra las que chocaba el agua ,que en su recorrido final era expulsada con fuerza por unas toberas que apuntaban directamente a dichas palas, consiguiendo así el giro o movimiento continuo, haciendo que se moviera el arbol de levas o eje principal el cual accionaba, a través de ingeniosos mecanismos de transmisión múltiple, cuantos elementos a él estuviesen conectados, como: los barquines o fuelles, el pesado mazo de hasta quinientos kilos, que daba más de sesenta golpes por minuto, etc.

Las ferrerías se mantuvieron en activo hasta la primera mitad del siglo XIX. Estas industrias se dividían en ferrerías "mayores", y ferrerías "menores" o tiraderas, Las mayores se encargaban de la reducción del mineral de hierro en metal, forjándolo luego en el mazo y transformándolo en gruesas barras, que se utilizaban para la elaboración de grandes piezas. Las menores partían de los tochos o barras de hierro los trabajaban estirándolos para convertirlos en barras largas y llantas que se utilizaban en la elaboración de herramientas menudas, herrajes, etc.

La de Aranzate, fue una ferrería mixta, pues disponía de dos ruedas hidráulicas, la “mayor” que accionaba el mazo y la “menor” que movía el martinete, permitiendo tanto la reducción del mineral como la elaboración del producto final, consiguiendo así grandes piezas y utensilios menores. Los dueños de estas factorías eran grandes señores del lugar que arrendaban las instalaciones a los ferrones para su explotación por un tiempo determinado, estos trabajaban todo el año si es que los meses de estío no se veían obligados a parar por falta de agua. Durante el periodo de trabajo el ferrón dejaba la ferrería únicamente el domingo por la mañana para asistir a misa. No se podía dejar que el horno se apagara, ya que ponerlo a punto era un trabajo muy costoso.

Los sistemas de reducción y fundición obedecian, tecnicamente, al conocido como proceso directo o "Forja Catalana". El mineral empleado, generalmente, eran los óxidos e hidróxidos de hierro, como la Hematites, rica en hierro 70% o la Goethita, respectivamente, ambos minerales abundantes en nuestros cotos mineros. Para la elaboración de algunos pedidos especiales se precisaba de la fundición de hierros elaborados en base a aleaciones con minerales traidos generalmente de Vizcaya. La intervención se realizaba en el "hogar", donde se preparaba la adecuada mezcla de mineral y carbón vegetal, en capas superpuestas y, a través de las toberas se aplicaba el aire que proporcionaban los barquines o fuelles, con los que se conseguía la necesaria insuflación, proporcionando el aumento de oxigeno en la combustión, alcanzando así mayores temperaturas hasta conseguir situarse por encima de los 1.300 grados con los que se obtenía una colada que daba un hierro que sin ser líquido, si era cada vez menos pastoso, aunque requería del posterior tratamiento de forja en el martillo. La operación de fundición precisaba de una parte química, realizada en el horno, y otra mecánica o de forja, realizada con el mazo. A través de la aplicación de nuevos métodos que se copiaban e importaban de lejanas latitudes, se conseguían evolucionar y mejorar las técnicas de reducción y producción.

La Ferreira de Aranzate contaba con una especial red de canales que le aseguraban un abundante caudal de agua, la energía hidráulica necesaria, se suministraba con la traída de agua por medio de tres canales, conectados a otras tantas regatas. El primero, recogía las aguas de la regata de Belbio, acercándolas por la misma linde que separa los caseríos de Ibargoyen y Ola. El segundo partía desde las inmediaciones del caserío Berroa, recogiendo el agua de la regata del mismo nombre y dando un gran rodeo la conducía hasta Irugurutzeta, donde empalmaba con el tercer canal que traía las aguas que aportaba la regata de Aiztondo, que disponía, arroyo arriba, de una presa que regulaba el caudal. Las aguas eran cunducidas hasta la ferrería, a la parte alta de la antepara. La longitud de estos canales rebasaba los dos kilómetros de longitud. Hoy se puede apreciar todavía, parte de sus trazados.

Tras el cese de actividades de esta ferrería en 1842, se aprovecharon todas sus instalaciones para convertirla en molino con el nombre de “Olako errota” mientras que el molino de Aranzate que seguía estando en activo en sus inmediaciones pasó a llamarse “Errotazar”, topónimo que ha llegado hasta nuestros días. Este molino viejo cesó su actividad a finales del S. XIX, mientras que el nuevo tuvo una exigua existencia pues, en 1870, se concedió autorización a la compañía de minas francesa “La Bidassoa” para transformarlo en lavadero de mineral, aprovechando el salto de agua. Instalación que tampoco duró demasiado, pues no aparece citada en el inventario de la memoria minera que se redactó en 1901.

La ferrería de Aranzate, se estima que estuvo en activo a lo largo de cuatrocientos años, desde el s. XV hasta la primera mitad del s. XIX, en que tras los descalabros de la primera Guerra Carlista, cesó su actividad, no siendo viable su recuperación ya que la competencia y el empuje de las nuevas técnicas de fundición hacían imposible su supervivencia. Habían hecho su aparición las modernas fábricas de fundición, precursoras de los primeros altos hornos que se implantaron en (Boucou-Bayona, 1882) y (Bolueta-Bilbao, 1883).


RICARDO BERODIA GORDEJUELA
IRUN, 2007